Tu entorno como líder no te resulta neutro, verdad?
Además de influir y acompañar, tu entorno te eleva… o te deteriora.
A veces lo hace de forma visible. Otras, de manera silenciosa, casi imperceptible.
Hasta que un día te das cuenta de que piensas peor, decides con menos claridad o te pesa más el rol de lo que debería.
Y no siempre es una cuestión de capacidad. Ni siquiera de esfuerzo. A menudo es una cuestión de contexto.
De con quién contrastas.
Dónde piensan en voz alta.
Qué conversaciones sostienen -o erosionan- tu liderazgo.
Cambiar el entorno no es huir. Es un acto de responsabilidad. Porque ningún líder crece en aislamiento. Y ningún liderazgo florece en un mal entorno.
¿Cómo (te) generas un entorno enriquecedor?
En el artículo aquí encuentras algunas opciones.

